III Curso Corredores Verdes Comestibles

,La crisis del Coronavirus ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad. Junto al profundo pesar por las vidas cercenadas, queda el mensaje de que la biodiversidad nos protege. También que la alimentación es un sector esencial Los momentos más complicados, de calles desiertas también nos ha permitido pensar qué sería de la ciudad recuperando espacio hoy entregado al coche. Con todos estos temas, recuperamos y actualizamos el curso de Corredores Verdes Comestibles.

16, 18, 23 y 25 de junio,  Curso online de 16.00 a 20.00

La aplicación del contenido de las clases teóricas en una propuesta de diseño de espacio libre concreto permite:

  • Incorporar criterios de sostenibilidad en el diseño de sistemas de gestión del agua, tratamiento del espacio y selección de vegetación.
  • Conocer propuestas espaciales de corredores verdes, azoteas, muros verdes, agricultura urbana para su consideración en el diseño de infraestructuras verdes urbanas y en la gestión de espacios concretos.
  • Identificar buenas y malas prácticas en el diseño de una infraestructura verde urbana.

Con el taller los y las participantes desarrollan su:

  • Capacidad para concebir y diseñar un proyecto de corredor verde urbano vinculándolo además al diseño de “parques comestibles”.
  • Capacidad para potenciar la integración de elementos urbanos en una infraestructura verde, considerando el contexto urbano y territorial.
  • Capacidad para desarrollar y aplicar estrategias y elementos de diseño de espacios libres que cumplan funciones ecológicas.
  • Capacidad para traducir las demandas ciudadanas en propuestas de diseño de los espacios públicos.
  • Capacidad de trabajo en equipo pluridisciplinar.

Profesorado: Marian Simón (coordinación) y Aida Rodríguez UPM, Marianna Papapietro y Miguel Díaz Surcos Urbanos, Elena Erro Germinando,

Programación del taller

Martes 16 junio. 16.00 a 20.00  Presentación del taller. El urbanismo de los corredores verdes. Aspectos culturales y sociales. Recuperación de espacios, conectividad y multifuncionalidad. Participación y planes urbanísticos

Jueves 18 junio. 16.00 a 20.00. El potencial de los espacios verdes en la regulación del ciclo del carbono y la promoción de la biodiversidad. La ciudad, ecosistema degradado. Restauración ecológica. Procesos clave.

Martes 23 junio. 16.00 a 20.00 Recursos y herramientas para el diseño de corredores verdes ecológicos y comestibles. Medio ambiente urbano, carta bioclimática. Gestión hídrica. Sistema de drenaje sostenible. Granjas, apicultura y agricultura urbana.

Jueves 25 junio. 16.00 a 21.00 Diseño de bosque comestible y manteniemiento de zonas verdes. Herramienta de diseño. Definición de estratos de vegetación y selección de especies.

Inscripciones

Plazo de inscripción abierto hasta el viernes 12 de junio.  Acceso al formulario de inscripción: INSCRIPCIONES

El taller tiene reconocimiento de 1 crédito ECTS de la Universidad Politécnica de Madrid, para estudiantes que completen un trabajo equivalente a 10 horas de teoría

El precio del curso es de 40 euros, pudiéndose solicitar becas totales o parciales, indicándolo en el formulario de inscripción.

Más información o consultas: m.simon (arroba) upm.es


Presentación del proyecto Abrevaderos de fruta · Caminos de agua

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En estos últimos meses hemos estado trabajando en un proyecto que nos hace mucha ilusión y nos abre perspectivas nuevas sobre las posibilidades de aplicación de la agroecología en el territorio. Se trata de la Restauración Ambiental del Parque Fuente de la Mora, en Redueña, municipio situado al norte de la Comunidad de Madrid, dentro de la Sierra de Guadarrama.
Situado en los márgenes del pueblo, rodeado por cultivos de secano, atravesado por caminos antiguos y modernos de aguas, personas y rebaños, este enclave reúne interesantes valores ambientales, paisajísticos y culturales, por estar impregnado de la memoria agropecuaria del territorio y marcado por las trazas de una relación sostenible entre la naturaleza y la comunidad humana.
Todo esto se pretende visibilizar con Abrevaderos de fruta · Caminos de agua –así es como bautizamos la propuesta que presentamos al concurso de ideas bandido por el Ayuntamiento de la localidad-, enmarcada en el Plan Agroecológico Local, junto con los huertos comunitarios, el avicompostero, el arboreto comestible, todo integrado dentro de una ruta agroecológica accesible.
La sensibilidad de los y las cigüeñas -así se llaman las vecinas de Redueña, en otro post os explicamos porqué- hacia la agroecología, nos ha permitido explayarnos en la aplicación de criterios acordes con este paradigma de manejo agrícola prácticamente desconocido en otras localidades, y así se lo hemos transmitido el 16 de abril pasado, cuando hemos participado en una jornada de convivencia con las vecinas.

Exposición de paneles y breve explicación.

Esta gente de campo tiene el aprovechamiento de recursos como modo de vida hasta en las pequeñas cosas: los expositores de los planos de proyecto eran mesas puestas de pie, las mismas que luego, en su posición más ortodoxa, han servido para el taller infantil. Apoyándonos en los gráficos, explicamos a mayores y peques como va a ser su parque dentro de unos meses, contándoles que el proyecto se basa en unos criterios inherentes a nuestro colectivo: restauración ambiental, criterios patrimoniales, agroecología…

Estamos inmersos en un profundo debate acerca de lo que algunos llaman “la España vaciada”, y aunque la salida no es sencilla, está claro que parte de una economía relocalizada en el territorio, que lo respete, y genere empleo a la vez que conserve la biodiversidad y el paisaje. Esto es la agroecología para nosotras. Del mismo modo, amparadas en los principios de la restauración ecológica, consideramos vital ejecutar una mínima intervención, y permitir que los ecosistemas se regeneren a partir de ese punto, logrando una mayor naturalización e integración de los espacios con sus alrededores. Un ejemplo paradigmático de este proceder es la inclusión de un islote forestal, que proveerá de distintos servicios ecosistémicos a la zona (atracción de aves, control de plagas, control hídrico…), además de favorecer la colonización vegetal en caso de que se abandone alguna zona cercana.

Caminos de agua.

Una de las razones fundamentales del origen de este proyecto ha sido mejorar la gestión del agua dentro del espacio. Tuvimos que analizarlo previamente al diseño de nuestra propuesta, y quisimos mostrarlo a los vecinos. A través de una dinámica participativa, pudimos visualizar las “vías del agua”, tanto provenientes de escorrentía, del manantial presente en la parcela, como de la red de abastecimiento del Canal de Isabel II. Para ello colocamos lana de color azul marcando estas rutas y, gracias a eso, pudimos ver mucho más claro qué buscamos con la propuesta.

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Deseo enmarcados.

Mientras, los vecinos “enmarcaban sus deseos” en la construcción del parque. Muchos de ellos nos pidieron cajas nido para las aves, parterres de colores, más espacio de ocio y encuentro, hasta una tirolina aprovechando el talud… y estamos muy contentas de que el proyecto presentado vaya a cumplir con muchas de sus expectativas (y las que no quedan conformes, ¡nos dejan ideas para la próxima vez!).

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Terminamos el día jugando con los niños del pueblo, los cuales tuvieron la oportunidad de pintar unas macetas que podrían llevarse a su casa. Verdaderos artistas coloreando con sus dedos una nueva estampa de la zona.
Fue una jornada muy bonita, de encuentro y acercamiento, pero sobretodo de aprendizaje, con la presencia masiva de todo el pueblo. ¡Nos morimos de ganas por ver completa la obra!

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Alimentarnos en biodiversidad

teresaFernandez

Dicen que cuando en Chicago quisieron recuperar las poblaciones de especies nativas, tuvieron que ir a la ciudad a buscarlas. La agricultura industrializada, que se extendió por los campos alrededor de la urbe, había acabado con la biodiversidad local y entonces, paradójicamente, algunas especies encontraron refugio en medio de la ciudad de Chicago, en sus parques y jardines. Aunque extremo, no fue un caso aislado; allá donde se impuso, la agricultura industrial homogeneizó cultivos y paisajes y acabó con las estructuras ecológicas y sociales que hasta entonces sustentaban unos sistemas territoriales integrados y complejos.
Desde hace un par de décadas, la agroecología se presenta como una vía para reconstruir esas estructuras y crear unas nuevas relaciones urbano-rurales basadas en la solidaridad y en la justicia social, aplicando los principios de la ecología a los sistemas productivos agrarios y persiguiendo un acceso más justo a los alimentos y a los medios de producción. A veces, incluso, llega a parecer que con la agroecología recuperaremos desde la sociedad la capacidad de disputar los espacios hegemónicos del poder.

(Artículo de Marian Simón Rojo y Andrés Couicero, publicado en El salmón contracorriente)

Agroecología y biodiversidad

El binomio agroecología y biodiversidad es indisoluble. La agroecología (que no es lo mismo que la agricultura ecológica), se apoya en la integración de los sistemas agrícolas, forestales y ganaderos, en una mayor variedad de cultivos con sistemas de rotaciones, en el manejo integrado de plagas, reduciendo el uso de combustibles fósiles y de productos químicos sintéticos, tanto fertilizantes como fitosanitarios y en el cierre de ciclo de nutrientes reintegrando al sistema los residuos vegetales y el estiércol.

El manejo agroecológico de los sistemas agrarios se apoya necesariamente en una gestión integrada de la biodiversidad, pues sin ella no serían viables. Frente al monocultivo propio de la agricultura industrial, la agroecología se basa en el policultivo. Como explicaban Altieri y Nicholls [1], los policultivos “reducen los riesgos de plagas y enfermedades, mejoran la calidad del suelo y hacen más eficiente el uso del agua y nutrientes, incrementan la productividad de la tierra y reducen la variabilidad de los rendimientos”. Así que, frente a la creación de grandes explotaciones con condiciones homogéneas, que permiten la mecanización y maximizan los rendimientos a corto plazo (y a costa de aportar gran cantidad de energía e insumos desde el exterior), la agroecología busca la creación y el aprovechamiento de situaciones diferentes de humedad, de temperatura, de nutrientes y de luz, que permitan el desarrollo de distintas especies y su complementariedad.

La agrobiodiversidad es pues una parte esencial de la biodiversidad. Tal y como la define la FAO, la agrobiodiversidad es el resultado de largos procesos de selección natural y de exploración inventiva de quienes vivían de la agricultura y la ganadería, de los bosques y la pesca, que fueron acumulando conocimiento sobre su manejo y decantando cuidadosamente las especies adaptadas a cada contexto específico.

Un zoo en el supermercado

En la actualidad “solo cinco especies alimentan al mundo” ya que, como denuncia la FAO mientras que a lo largo de la historia, el hombre ha cultivado cerca de 7.000 especies de plantas para el consumo, en la actualidad son solo cinco cultivos de cereales los que proporcionan el 60 % del aporte calórico global.

Mirando a nuestro entorno y olvidando esa cifra, podría parecer que, a pesar de todo, vivimos inmersos en una gran agrobiodiversidad. Al fin y al cabo, cada vez tenemos a nuestro alcance más alimentos y más variados. Pero si algo nos enseña la agroecología en su búsqueda de complementariedades y sinergias entre especies y sistemas, es que no basta con que una gran variedad de especies compartan el mismo espacio, solo tendrá sentido hablar de biodiversidad si se dan interacciones entre ellas. Un zoo es el ejemplo caricaturizado de máxima diversidad de especies con mínima interacción, mínima interdependencia y nula autonomía. Algo similar pasa con los supermercados, sus baldas están repletas de multitud de mercancías, prestas a potenciar primero y saciar después, nuestras ansias de consumo. Es una superposición de alimentos que no tienen ninguna relación entre sí a lo largo de toda la cadena productiva. Cada uno de ellos ha seguido un esquema lineal de producción y nos llega como un objeto desconectado tanto de la realidad física como de la realidad social de las distintas personas (cada vez menos) que han participado en su elaboración. De hecho, la única relación que tenemos con cada alimento es como objeto de consumo y mediada por el dinero. En cuanto a todos los actores que participan en la cadena, son perfectamente anónimos e invisibles.

Saltarse ese sistema de consumismo autista es lo que pretenden los movimientos gestados en torno a la creación de nuevos vínculos entre campo y ciudad, entre producción y consumo, desde la justicia social y ambiental. Grupos de consumo, cooperativas integrales, redes de apoyo entre productores/as y consumidores/as, movimientos por la soberanía alimentaria o plataformas sociales que, como Madrid Agroecológico, intentan contribuir a la articulación de esa miríada de proyectos emergentes, son la respuesta ciudadana que puede hacer real la transición agroecológica y biodiversa en un futuro próximo.

Agrobiodiversidad en el discurso político

Al tema de la biodiversidad, los organismos internacionales llegan tarde, pero llegan. En 2011 se publicó la “Estrategia de la Unión Europea sobre la biodiversidad hasta 2020: nuestro seguro de vida y capital natural”. El título no puede ser más expresivo, hay consenso en que la biodiversidad nos protege y hace a los ecosistemas y a nuestras sociedades más resilientes ante las perturbaciones. La biodiversidad es esencial para el desarrollo y el bienestar humano y su preservación está en la agenda política. Empezó a abrirse camino hace dos décadas, cuando se fijó 2010 como la fecha límite para detener la pérdida de biodiversidad. Pero 2010 pasó y la biodiversidad del planeta sigue menguando; ahora el hito es 2020, cuando se espera que se logre minimizar la erosión del patrimonio genético y se preserve la diversidad genética, también la de las plantas de cultivo y animales domésticos. La FAO cuenta con una Iniciativa Internacional para la Biodiversidad de la Alimentación y la Nutrición, una suerte de guía sobre buenas prácticas encaminadas a preservar los recursos genéticos vinculados a los sistemas agroforestales para la alimentación.

Puede que se hayan logrado avances sustanciales en la preservación de variedades y razas a través de los bancos genéticos, pero Naciones Unidas alerta de que queda mucho por hacer en la preservación de la biodiversidad in-situ. Por ahora, son los sistemas campesinos (tanto los tradicionales como los emergentes) los que se están ocupando de mantener la biodiversidad en el entorno agrario y la agroecología trata de profundizar en ese camino.

En cualquier caso, está claro que pasar del discurso político y las declaraciones grandilocuentes en favor de la biodiversidad y de la agricultura “sostenible” a la práctica, no está exento de contradicciones. Asociar, como hace Naciones Unidas, la conservación de la biodiversidad en sistemas agrarios a una gestión sostenible apoyada en certificaciones ecológicas, no puede por menos que despertar suspicacias. La pérdida de agrobiodiversidad (y de las estructuras sociales y del conocimiento que la manejaban) es resultado directo de la difusión de la agroindustria y del modelo agroalimentario globalizado, que también alcanza a ese sistema de certificaciones. Así que tiene sentido preguntarse ¿se puede transitar a un modelo sostenible que recupere la agrobiodiversidad sin cambiar el sistema económico?

¿Necesitamos otra revolución verde?

La preocupación por la seguridad alimentaria se extiende por todos los ámbitos, ya no es solo cosa de los países empobrecidos. Se prevé que en algunas zonas de los países desarrollados la productividad agrícola disminuya entre un 20 y un 40% debido a los efectos del cambio climático. La presión sobre los recursos naturales es cada vez mayor. Tenemos como sociedad un reto global, que algunos ven también como una posibilidad de negocio global.

Dicen que los hijos de aquellos que impulsaron la agricultura industrializada, hoy andan embelesando al mundo con las bondades de la agricultura climáticamente inteligente. También ellos afirman que la agrobiodiversidad desempeñará un papel crucial en la lucha contra el hambre, puesto que garantiza la sostenibilidad medioambiental y permite, con unos manejos inteligentes, aumentar la producción de alimentos. Su nombre en inglés es Climate Smart Agriculture, CSA por sus siglas. CSA significaba hasta ahora Agricultura Apoyada por la Comunidad (Community Supported Agriculture). Nos tememos que no es casualidad que hayan decidido apropiarse de unas siglas que respondían a un modelo alternativo de relaciones y compromisos entre consumidoras/es y productoras/es. Nos podemos preguntar quién gana con la confusión y con el ninguneo de la agricultura apoyada por la comunidad. No sería extraño que pronto los documentos sobre agricultura climáticamente inteligente empezaran a estar plagados de referencias a la agroecología, lo mismo que los documentos de las estrategias europeas.

Quienes son capaces de recordar, nos previenen para que no caigamos en la euforia al ver que la agroecología permea las instituciones, porque puede que solo llegue el nombre y se pierdan los principios en el camino. Estamos sobre aviso, pues ahora ya sabemos cuan grande es la capacidad del poder para apropiarse de los conceptos y adulterarlos, despojándolos de su capacidad transformadora.